La batalla de la Francesinha

Caminaba agotada pero sabía que la hora estaba cerca. Las plantas de mis pies ardían a cada paso, como si pisaran ascuas en vez de asfalto, y mi barriga rugía como un león al que no habían dado de comer en días. Llevaba horas caminando pero había conseguido mi objetivo: estaba hambrienta y preparada para la batalla contra la francesinha.

Había urdido el plan en la penumbra de mi habitación, con la única compañía del televisor que, extrañamente, emitía el último episodio de Lost. Si era un presagio irónico del destino no le hice caso. Partiría desde mi hotel, en la rua Santa Caterina hasta la casa da música. El día que había llegado a Oporto la recepcionista me había recomendado ir a verla aunque quedaba algo alejada del centro. Esta vez era perfecta para mi plan. Caminaría hasta allí y luego me dirigiría hasta los jardins do Palacio de Cristal. Desde allí pondría rumbo a puente de Dom Luís I, lo cruzaría, y contemplaría por última vez la escalonada estampa de la ciudad desde la rivera de Vila Nova de Gaia. Y por último, la batalla. No era tarea fácil acabarse ese plato infernal inventado por los tripeiros, la francesinha. Algunos ni siquiera se atrevían a intentarlo. Yo esperaba que el cansancio y el hambre fueran mis aliados en el temible enfrentamiento. Quería acabármela.

Interminables fachadas con azulejos de colores brotan en las calles de Oporto.

Interminables fachadas con azulejos de colores brotan en las calles de Oporto.

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El singular edificio de la casa da música proyectado por el controvertido arquitecto Rem Koolhaas.

Impresionantes vistas del Duero en los jardines.

Impresionantes vistas del Duero en los jardines.

Pero el plan no estaba saliendo como había previsto. Estaba agotada y apenas había llegado al borde del río, a cais da Ribeira. Calculaba que había caminado unos seis kilómetros y tenía unas ganas terribles de sentarme. No me veía capaz de cruzar al otro lado así que, después de sopesarlo, decidí adelantar la hora de la cena. Retrocedí sobre mis pasos y me dirigí a la cercana casa do Infante. Muy cerquita había un restaurante con terraza y vistas al Duero. Todo sucedería allí.

Al llegar al local un corpulento camarero me saludó con su sonrisa. Antes incluso de que pudiera pronunciar palabra le pregunté si tenían francesinhas. Asintió y me dio paso a una mesa en la terraza. Tras apuntar mi comanda desapareció y me quedé sola esperando a mi contrincante. Mi cuerpo y mis pies volvieron a recordarme lo agotada que estaba. Intenté no hacerles caso y contemplé el río, con Vila Nova de Gaia al otro lado, sabiendo que sería la última vez lo haría.

Vila Nova de Gaia y el rio, al fondo.

Vila Nova de Gaia y el rio, al fondo.

Oí risas en la mesa de al lado. Había dos parejas deleitándose con un pequeño banquete de gambas. El aroma llegaba hasta mi mesa y olía estupendamente bien. A mar, brasas y sal. La idea de la francesinha me pareció entonces una opción poco apetecible. Fue entonces cuando el camarero apareció con mi bebida –un simple botellín de agua fresca- y un aperitivo formado por pan blanco, mantequilla y varias empanadillas de marisco. Mi estómago gruñó harto de esperar en una especie de lamentación pero yo me mantuve firme. No había pedido ningún refrigerio y no pensaba tocarlo. Si me hinchaba antes de la contienda, no tendría nada que hacer. Los portugueses son gente hábil e inteligente y ya había aprendido la lección. Cuando te sentabas en cualquier restaurante aparecían con un aperitivo que no habías pedido. Sabían que la tentación es mejor verla con los ojos que mirarla en simples letras de un menú.

El temible refrigerio.

El temible refrigerio.

Desvié la mirada y contemplé de nuevo el Duero hasta que oí una voz que decía: “francesihna, senhorita”. El camarero depositó el plato en la mesa. Por fin podía ponerle forma a mi enemigo. El aspecto era temible. Una torre de pan envuelta en lonchas y más lonchas de queso fundido se elevaba por encima de un mar humeante y rojizo. La idea de comerme un sándwich absolutamente borracho de caldo por la parte inferior no me gustó nada. Pero así era la francesinha. Gracias al cielo el camarero me había preguntado si la quería con huevo y patatas fritas y yo, lo había rechazado. Sí, había hecho trampas pero la bomba calórica de aquel plato ya era más que suficiente sin sus aliados, el huevo y la patata frita.

Adorada por unos. Temda por otros. La francesinha.

Adorada por unos. Temida por otros. La francesinha.

Cogí el tenedor y el cuchillo. Quería que aquello se desmontara lo mínimo posible para evitar que todo el pan acabara mojado por el líquido de la base. Clave ambos y empecé a cortar una porción. Después de pelearme con el infernal queso fundido que envolvía la francesinha como un regalo, por fin pude ver los estratos de su interior: pan, queso, jamón, ternera, pan, queso, jamón, chorizo, pan y queso y más queso. Y finalmente, más queso. Tragué saliva y sin pensarlo más probé el primer bocado. Era difícil de definir. Sabía al chorizo. Y al caldo. El resto apenas se discernía. Lo peor de todo: picaba. Odio el picante. Aquello iba a ser duro.

Media hora después pedía la cuenta al camarero. Se acercó a recoger mi plato y me dijo algo como: “¿ya?”. Sí, ya. Apenas había podido con la mitad de la francesinha. Se rió. Me dijo que ellos podían comerse dos o tres fácilmente. Aquello era imposible. O terrible.

Aún así salí con la cabeza alta. Mi plan no había funcionado pero ahora conocía a un enemigo al que había subestimado. La próxima vez sería diferente. Había perdido la batalla de la Francesinha pero volvería a atacar. Algún día.

 

 

AnaMGuiot

Me llamo Ana María Guiot. Tengo 30 años, suelen echarme 25 y, por mi forma de ser podría tener 20. Me gustan muchas cosas: el cine, instagramear todo lo que es bonico, leer, la música indie, las gafas de pasta, viajar, escribir y reírme. Reírme mucho.
  • gloria

    Ana x ahora lo poquito q e podido leer d tu blog m encanta!!!

    • http://www.viajandoconuncasioazul.com/ Ana María

      ¡Gracias Gloria! Me alegro de que te guste :)